Primero de Mayo: ¿Festividad marxista o día del trabajo?

Dr. Alberto Roteta Dorado
El Primero de Mayo en La Habana. Foto: flickr.com
 
(www.miscelaneasdecuba.net).- Santa Cruz de Tenerife. España.- Los partidistas cubanos – sin que sea necesario explicar de qué partidismo se trata, toda vez que solo se reconoce un partido único de manera oficial– han de sentirse frustrados ante la suspensión de los tradicionales actos por el día primero de mayo, algo de lo que han hecho una fiesta demasiado teatralizada como para poder creer que ese “mar de trabajadores” acude a la cita por su plena voluntad, al menos así debe ser para aquellos que no han perdido la capacidad de pensar y analizar dejando a un lado la maligna influencia de aquellos encargados de manipular el pensamiento de las “masas”.

La presencia de una pandemia, cuyos males hacen estragos por doquier, sin distinción de razas y credos, culturas e ideologías, posición social y tenencias materiales, ha determinado que la mayoría de los países del mundo suspendieran las grandes concentraciones de personas por el elevado riesgo de contagiarse por un misterioso virus que en breve tiempo se ha expandido por todo el planeta.

Hubiera sido el colmo que el régimen de La Habana, en su empeño por hacer perdurar lo que ya no tiene existencia, convocara masivamente a sus trabajadores – porque sin duda, son suyos ante la total ausencia de libertades que reina en la isla caribeña desde hace más de medio siglo–, aunque como todos conocen del comunismo puede esperarse cualquier cosa por muy incoherente y absurda que sea. En todo este tiempo han dado múltiples pruebas que demuestran lo que expongo. 

Como sustitución de la habitual concentración de cubanos en todas las plazas, avenidas y parques, desde la capital de la isla hasta el más remoto pueblo campestre, el régimen castrista se encargó de diseñar una serie de “acciones estratégicas” utilizando las llamadas redes sociales – la principal herramienta en estos tiempos de confinamiento–. De ahí que hoy han estado muy atareados sus “acólitos”, quienes obligados a obedecerlos hasta el fin de sus días, se encargan de publicar sus obsoletas consignas, de mostrar los barrios con banderas e himnos, de repetir una vez más los considerados “logros” de una revolución que dejó de serlo hace un buen tiempo, de recordar a quienes deben absoluta obediencia que han de estar eternamente agradecidos por unas “bondades” que solo ellos pueden creer – si es que en realidad dan sentido de credibilidad a su demoníaco discurso–.     

De cualquier modo, y de manera general en el mundo ya no se celebra con tanta intensidad el primero de mayo, por cuanto, muchos de los objetivos que se proponían los trabajadores en un pasado no tan distante, actualmente se suelen negociar y alcanzar sus logros y propósitos a través de acciones concretas de diálogos y legislaciones, por lo que la festividad va quedando un tanto en el olvido y su evocación resulta mucho más simbólica que práctica en muchos sitios del orbe en los que las pancartas, consignas y marchas han cedido su paso a nuevos métodos de reclamo y propuestas prácticas que puedan beneficiar no solo a proletarios obreros –como en el pasado–, sino a multitudes de hombres, incluyendo empresarios y directivos; y es justo en este punto que la teatralización de la festividad cubana no tiene límites toda vez que allí todo es “gloria y beneplácito”, sus trabajadores – unos de los más explotados, reprimidos y mal pagados del mundo– no tienen nada que reclamar; lejos de cualquier actitud de reclamo surgen consignas de alabanza a su mal llamada revolución, a las múltiples victorias, y como es de esperar, al viejo comandante, por suerte, ya no está presente en el reino de este mundo.

Esto origina una reacción de rechazo por parte de las propias multitudes que acuden tras la apariencia de una voluntariedad, que como es sabido no es real. Al final unos lo hacen de modo mecánico arrastrados por los efectos devastadores del excesivo adoctrinamiento, otros por el que dirán, otros ante el temor que reina por doquier, y si acaso una exigua minoría que aun le sigue los pasos al castrismo. 

Sin embargo, el día de los trabajadores, o del trabajo, es una de las fechas más universales si consideramos que una gran cantidad de países del mundo, más allá de sus ideologías, creencias, posición política, desarrollo económico, etc., la conmemoran, reservándome el término celebración, que en realidad es correcto para una convocatoria de esta naturaleza, por lo polémico que pudiera resultar si consideramos que su origen está en relación con protestas que culminaron de manera sangrienta con la ejecución de varios líderes proletarios en 1886, en la ciudad de Chicago.

Está de más detenerme a explicar que la utilización del término proletarios* –independientemente de que los lectores lo asocien inmediatamente a las tendencias marxistas, a Karl Marx, al izquierdismo socialista, a la Internacional Comunista, o a cualquier otro elemento de esta naturaleza– es correcta, y esto no me hace simpatizante del socialismo, sino conocedor de un significado que hemos olvidado, o mejor aún, hemos estigmatizado erróneamente a partir de la posesión que el socialista alemán Carlos Marx asumió del término al vincularlo al sistema capitalista, en el cual los obreros, esto es, los proletarios, según sus concepciones teóricas, al no disponer de los medios de producción se ven forzados a vender su fuerza de trabajo a la burguesía, la clase empleadora; con lo que acuñó la idea del proletariado y su verdadera definición a la oposición entre dos clases sociales antagónicas: la burguesía y el proletariado.  

Con la incursión de los preceptos marxistas la tenida del primero de mayo adquirió un matiz demasiado politizado y estigmatizado, con lo que se dejaba a un lado la evocación a  Albert Parsons, Adolph Fischer, August Spies, George Engels y Oscar Neebe, quienes fueron ejecutados tras los trágicos sucesos de aquel primero de mayo de 1886 en Chicago, donde los agentes policiales arremetieron contra una multitud de hombres que reclamaban derechos laborales y entre los que además de los líderes antes mencionados se encontraban Louis Ling, quien se suicidó en prisión, y Samuel Fielden y Michael Schwab, a quienes se les conmutó la pena de muerte por cadena perpetua; conocidos más tarde como los Mártires de Chicago – a los hechos del último de los días de protesta se le recuerda como la revuelta de Haymarket–, a los que en el presente apenas se les recuerda, no solo en Cuba, la nación donde únicamente se predican los “inmensos logros” de su “socialismo sostenible”, sino de manera general en un mundo demasiado inmerso en la superficialidad y el sensacionalismo como para estar recordando a aquellos que sentaron las bases para lo que hoy conocemos como el día de los trabajadores.

No es menos cierto que los movimientos socialistas han tenido a través de los años una participación muy activa en relación con esta festividad, a la que se le seguirá asociando, al parecer inevitablemente, con las corrientes de este tipo. El hecho de que la exigencia de una jornada de trabajo no superior a las ocho horas fuera propuesta veinte años antes de los hechos de Haymarket por el Congreso de la Internacional celebrado en Ginebra en 1866, y repetido en 1889 por el Congreso Obrero de París, ha sido el elemento que con mayor fuerza permite establecer los lazos entre el día del trabajo y las demandas de los socialistas que Federico Engels se encargó de ensalzar en el prefacio de 1890 a El Manifiesto Comunista, documento en el que menciona fuerzas del proletariado, ejército de proletarios, y retoma la célebre frase “proletarios de todos los países están unidos”, (así como la he escrito literalmente) que en realidad no le pertenece ni a él, ni a Marx como se cree, sino al también alemán Karl Shapper: “Proletarier aller Länder, vereinigt euch!” **

Y así las cosas, y aunque los llamados proletarios desconozcan estos elementos que antes he expuesto, el primero de mayo, tal y como se percibe en la actualidad en aquellas naciones donde se reúnen quienes trabajan de manera tradicional, y sin mucho entusiasmo, es una celebración que huele demasiado a socialismo, a marxismo, a izquierdismo, y por qué no, al oportunismo inherente a aquellos que se empeñan en defender el diabólico engendro marxista.  

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*El origen del término proletario se remonta a la antigua Roma, cuando no se habían establecido pautas socialistas, ni se había hecho referencia a esta tendencia, exceptuando la posibilidad de algunas ideas de Platón que se pudieran relacionar con esta modalidad de sistema, algo que no deja de ser una simple especulación. En Roma los proletarios, del latín proletarius, eran los integrantes de la clase social más baja, los carentes de propiedad, que solo eran vistos como gente generadora de proles, o sea, de hijos, quienes pasaban más tarde a formar el ejército imperial.

**Frase original en alemán que puede traducirse como “proletarios de todos los países uníos”, ahora como una exhortación y no como una referencia como la escribiera Engels en El Manifiesto Comunista.

Comentarios

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