Retos y oportunidades de una pandemia

Alfredo M. Cepero

 

(www.miscelaneasdecuba.net).-Con su optimismo congénito, Trump se convirtió en nuestro gladiador de la esperanza cuando dijo: "No podemos permitir que el remedio sea peor que la enfermedad".

Nadie sería capaz de negar el reto que representa la pandemia del coronavirus para quienes tienen a su cargo la seguridad, la salud y la prosperidad de los pueblos del mundo. La realidad es que nos encontramos en una guerra literalmente a muerte contra un enemigo que no vemos y que aún cuando lo viésemos no contamos con las armas apropiadas para derrotarlo. Ahora bien, los seres humanos confrontamos los retos de manera distinta. Los grandes hombres se enfrentan al reto y lo ven como una oportunidad para lograr sus objetivos. Los hombres pequeños se someten al reto y lo aceptan como una derrota. Ese es el ángulo del coronavirus que nos proponemos analizar en este artículo.

Donald Trump se encuentra sin dudas entre los grandes hombres por la forma en que se ha enfrentado al coronavirus. Los expertos en epidemiología vaticinan que este miserable del coronavirus matará a más de 100,000 norteamericanos. Como si fuera poco, sus efectos tangenciales en otros aspectos de la vida en los Estados Unidos ya se han hecho sentir y son igualmente devastadores. Por ejemplo, el coronavirus ha pulverizado la economía, torpedeado la bolsa de valores y cambiado drásticamente las reglas de la vida cotidiana en este país.

Hemos llegado al extremo de que los abuelos no podemos besar a nuestros nietos ni abrazar a los pocos amigos que quedan con vida. Trump debe de sentir la misma frustración pero no puede darse el lujo de detenerse en lamentaciones. Tiene que actuar rápido y así lo está haciendo. En su condición de presidente, Donald Trump tiene que batirse en dos frentes: salvar vidas y preservar la prosperidad económica que haga atractiva la vida de quienes sobrevivan a este flagelo. Con su optimismo congénito, Trump se convirtió en nuestro gladiador de la esperanza cuando dijo: "No podemos permitir que el remedio sea peor que la enfermedad".

Sus palabras adquieren mayor relevancia cuando pasamos revista al cuadro desolador al cual se enfrenta. Veamos. Por lo menos el 25 por ciento de la actividad económica norteamericana se ha parado en seco, los tres índices principales de la Bolsa de Valores han perdido por lo menos el 12 por ciento de su valor, la tasa de desempleo anda en alrededor del 13 por ciento y más de 10 millones de norteamericanos han solicitado beneficios por desempleo.

Todo esto ha dado municiones a los enemigos del presidente. Aquellos que se regocijan con la recesión, el desempleo, la miseria y hasta la muerte de los norteamericanos con tal de sacar a Donald Trump de la Casa Blanca. Teniendo en cuenta que la lista sería muy larga, me limito a Nancy Pelosi, Chuck Schumer y Andrew Cuomo. Evocando a Nerón durante el incendio de Roma, la Pelosi declaró: "Mientras la gente está muriendo, el presidente toca el violín".

Por su parte, el perrito faldero de la Pelosi, Senador Chuck Schumer, en el curso de una entrevista en CNN dijo: "El  coronavirus ha sido peor que la destrucción de las Torres Gemelas y que la crisis financiera de 2008". El ingrato de Andrew Cuomo se olvidó del buque hospital "Confort" que le proporcionó Trump y declaró: "Nosotros  nos movilizamos con rapidez pero el gobierno federal se ha demorado y se sigue demorando". Estas tres son gente pequeña que se dan por vencidos, se declaran víctimas y optan por atacar a los que hacen.

Afortunadamente, Donald Trump no está solo porque los que hacen vienen en todos los colores, todas las edades y todos los sexos. Por encima de los mensajes apocalípticos que han caracterizado esta batalla contra el coronavirus hay gente que ha dado un paso al frente para defender a la humanidad. En Inglaterra, millones de personas salieron a las calles la semana pasada para aplaudir a los miembros del Servicio Nacional de Salud. En los Estados Unidos, 29 obreros de la salud tomaron un avión en Atlanta para ir como voluntarios a prestar servicios en la asediada Nueva York.

Hasta en el pantano de Washington nos encontramos de vez en cuando hombres que se enfrentan a los retos. Uno de ellos es un ex militar convertido en senador por el estado de Arkansas que se llama Tom Cotton. En la tercera semana del pasado mes de enero, Cotton se convirtió en la voz más estridente en la denuncia de la inminente pandemia del coronavirus, pero nadie lo escuchó. Entre el 16 de enero y el 5 de febrero, los 49 senadores demócratas estaban tan obsesionados con el "impeachment" de Donald Trump que no tenían interés ni tiempo para proteger las vidas de quienes les habían hecho el honor de mandarlos a Washington.

La ejecutoria de Donald Trump en su confrontación de esta pandemia tiene, por otra parte, antecedentes en la historia de los Estados Unidos. Fueron hombres del calibre de Patrick Henry, Abraham Lincoln y George S. Patton quienes contribuyeron al nacimiento y la supervivencia de la nación más libre y próspera de la Tierra. Tanto ellos como Trump vivieron en tiempos distintos pero proporcionaron el liderazgo y los principios que han dado carácter de permanencia al milagro americano por 244 años.

Cuando las colonias americanas decidieron enfrentarse a la metrópolis inglesa que tenía entonces el ejército más poderoso del mundo había muchos a quienes le flaquearon las piernas. Fue entonces cuando un hijo de Virginia de retórica candente llamado Patrick Henry los confrontó con la disyuntiva que los catapultó a la acción. "Denme libertad o denme la muerte" le dijo a los delegados. Y después de esa frase sobraron las palabras. 

Cuando la nación americana se vio amenazada con su disolución total por una guerra civil que consumió la vida de 620,000 norteamericanos un iluminado de la justicia dio contenido y sentido a la lucha poniendo fin a la odiosa institución de la esclavitud. Con su firma de la décimo-tercera enmienda a la constitución americana Abraham Lincoln hizo su entrada en la inmortalidad.

Cuando el destino del mundo era decidido en el escenario europeo durante la Segunda Guerra Mundial un militar americano de larga visión estratégica quiso llevar la guerra a las puertas de Moscú para poner fin al totalitarismo soviético. La Guerra Fría del próximo medio siglo le daría la razón. Se llamó George S. Patton y su frase favorita fue: "Lidérame, sígueme o apártate del camino".

Al mismo tiempo, en la historia de la América que habla en español hemos tenido hombres que han hecho de los retos grandes victorias. El 8 de 1895, el gobierno de los Estados Unidos decomisó un barco en el puerto de Fernandina que llevaba armamentos y municiones para iniciar la guerra por la libertad de Cuba. Cuarenta y seis días después del desastre de Fernandina, la insurrección estalló en Cuba, el 24 de febrero de 1895. El arquitecto de aquella guerra, José Martí, reflexionó: “Conozco con qué bravura y resurrección responde al quebranto pasajero el invencible corazón cubano”.

Un poco más al sur del continente tuvimos un hombre de extraordinarias habilidades de líder. El Jueves Santo 26 de marzo de 1812, los fieles católicos estaban congregados en las iglesias, cuando de pronto se sintió un fuerte movimiento. Era un terremoto, que destruyó las ciudades de Caracas, Barquisimeto, Mérida, El Tocuyo, San Felipe y causó estragos en otras poblaciones. "Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos, que nos obedezca". El joven Simón Bolívar se presentó para ayudar a las víctimas del terremoto de 1812.

En conclusión, cada uno de nosotros tiene que optar por confrontar el reto para convertirlo en oportunidad o sucumbir ante el mismo y aceptar la derrota. No podemos evadir esa responsabilidad porque nadie puede decidir por nosotros. Y aunque admito los peligros y reconozco los riesgos, me niego a ser intimidado por esta pandemia. 
 

Comentarios

El buen ejemplo del tabaco cubano
[27-05-2020]
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José Martí. Foto de archivo.   (www.miscelaneasdecuba.net).- Santa Cruz de Tenerife. España.- José Martí, cuya muerte evocamos este 19 de mayo, es, sin duda, la figura más representativa, y también la más genuina, universal y simbólica de la historia de la nación cubana. Nadie podrá hasta el presente, y dudo que en un futuro también, superar la inmensidad de un hombre que sacrificó todo, incluyendo su propia vida por el bien de su patria y el porvenir de los cubanos.
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