El coronavirus y la política informativa del gobierno cubano

Vicente Pérez Varela
Periodista Independiente
El coronavirus afecta en Cuba también pero ¿sabemos todos los detalles? Foto de archivo.

 
(www.miscelaneasdecuba.net).- Por estos días no se habla de otra cosa que no sea las cifras escalofriantes de contagios y muertes provocadas por el coronavirus covid-19. El flujo de información es tal que por momento termina saturándonos al punto que buscamos desconectarnos y fijar nuestra atención en cosas más banales.

En Cuba es reciente la admisión de los primeros contagios que al día de hoy ya contabilizan 67 casos confirmados y un fallecido. Los partes oficiales refieren que todos los contagios han sido importados o a consecuencia de roces con extranjeros, y que aún no se verifica transmisión entre cubanos.

A pesar de lo dramático del momento esta información debería tranquilizarnos un poco, pero, y siempre surgen los peros, esto solo en el caso de que confiáramos 100%, en la transparencia informativa del gobierno cubano y las instituciones que responden a sus cánones.

¿Qué nos revela el pasado?

Tal vez la mejor manera de saber si podemos confiar definitivamente en la información que nos llega a través de los medios de comunicación gubernamentales es echando una mirada al pasado y comprobando cómo se comportaron ante epidemias que precedieron al Convid-19.

De acuerdo a la experiencia del Dr. Nelson Gandulla Días, especialista en Medicina General Integral (MGI), todo lo que digan estos medios hay que tomarlo con reservas porque en el pasado mintieron a la ciudadanía.

“El silencio que en tiempos de crisis siempre imponen las autoridades cubanas no deja ver a la población, ni a los estudiosos del tema, cuan grave es la situación y esto crea en la población una baja percepción del peligro y evita que tomen las medidas necesarias para protegerse”, comenta Gandulla y ahonda:

“Recordemos la experiencia que tenemos con epidemias anteriores como el cólera, que afectó a un número de cubanos aun sin precisar y que fue silenciado por los medios, incluso por el personal médico que se le prohibía decir que en Cuba estaba contagiando el Cólera; tenían que decir que todo se trataba de “enfermedades diarreicas agudas”. Lo mismo pasó con el Dengue, no se podía decir por las claras que afectaba al paciente y en su lugar se nos obligaba a decir que se trataba de “cuadros febriles agudos”. Lo mismo con el H1N1, hubo contagios, incluso muertes y no se pudo informar que había H1N1, sino que se trataba de “infecciones respiratorias agudas”.

La pereza informativa se vio asociada en sus inicios a la necesidad de evitar la alarma para no verse forzados a tomar medidas que afectasen a la economía, particularmente al turismo. Una vez que esa medida ha sido adoptada por fuerza mayor, el foco de interés comunicacional se centra en reforzar ante la población la imagen de excepcionalidad mundial que la propaganda atribuye a la isla. Según ésta, vivimos en el mejor de los mundos posibles y que mejor escenario que una crisis para que la engrasada maquinaria de propaganda siembre reflejos condicionados en la psiquis de los cubanos “demostrando” que andamos bien y el resto del mundo está equivocado.

A muchos entendidos del tema le llama la atención el manejo que se hace con la información que habla de los contagios. En el caso cubano difiere de sus pares mundiales por dos aspectos. El primero se refiera al número de contagios que se anuncia. Pareciera que la información acerca de la propagación fuera artificialmente concebida, por su tendencia gradualista y de cuentagotas. Mientras que en el resto del mundo los contagios se dan numéricamente hablando en forma superlativa en Cuba pareciera que surgen a cuentagotas.

El otro aspecto se vincula con la relación cantidad, calidad de la información. A pesar de que todo comunicado es previamente pensado, revisado y aprobado por las máximas autoridades políticas del país, esto no ha evitado que se caiga en abiertas contradicciones como aquella que se refiere al uso del nasobuco como medio de protección. En sus inicios se desestimó su uso y hasta se habló de presumibles aspectos negativos que supondría su uso de forma masiva. Hoy las recomendaciones bregan en dirección contraria recomendando asumirlo fuera de casa.

Pero lo que más inquieta son los señalamientos oficiales que niegan permanentemente la transmisibilidad entre nacionales, cosas que especialistas ubicados fuera de la red institucional ven imposible a estas alturas del juego.

Lamentablemente un trabajo previo que vi de un colega donde pregunta a las personas si sienten que el gobierno está informando adecuadamente, arrojó como resultado, que la inmensa mayoría de los preguntados asintieron. Y es que al parecer confunden cantidad con calidad.  Con frecuencia de dos veces al día se actualiza la situación sanitaria, pero cabría preguntarse si nos están dando a consumir una información con la transparencia y calidad que merecemos.

Pero la estrategia comunicacional del gobierno no se limita a omitir, ocultar o distorsionar información. Ha encarado la actual crisis como si se tratara de una guerra y en consecuencia el tratamiento comunicacional adopta términos propios de ella.

La Pandemia y la política

Detrás de cada parte informativo que televisan los funcionarios del Ministerio de Salud Pública cubano o personeros gubernamentales, se encuentra un Comando de Crisis, que determina que se debe y cómo se debe decir. Nada queda al azahar y lleva la marcada intencionalidad de generar una respuesta emotiva en la audiencia. Después de todo como dice el proverbio, “Las grandes crisis generan grandes oportunidades”. Y que mejor oportunidad para acabar de satanizar a los enemigos de siempre.

Por ejemplo, el tratamiento que reciben en los comunicados oficiales amigos y enemigos son marcadamente diferentes. Cuando el informe se refiere a países aliados refleja aspectos positivos como: la cifra de pacientes que se han recuperado, ensayos de vacunas que avanzan, éxitos en la política de aislamiento social, etc.

Cuando el mismo texto se dirige a reflejar lo que acontece en países que adversan al régimen o militan en partidos ideológicos diferentes, el panorama que se describe es caótico. En esta ocasión el énfasis va hacia la cifra de contagios y muertos, la respuesta lenta de estos gobiernos ante la emergencia sanitaria, la inaccesibilidad a la atención médica, el encarecimiento de los tratamientos y pruebas de contagios y hasta los planteamientos de cualquier personajillo que sin importar su rango social o abolengo se dedica (fundamentalmente en las redes sociales) a despotricar del sistema capitalista y sus acólitos.

Los chivos expiatorios favoritos son el presidente de Estados Unidos de América, Donald Trump y el brasileño Jair Bolsonaro, a los que se les acusa de todo tipo de males, como administradores de naciones y como personas.

Finalmente, la pandemia ha demostrado ser un terreno fértil para promover políticas como el levantamiento de embargos y restricciones a empresas o personas acusadas de todo tipo de vejámenes contra sus pueblos. Todo indica que en tiempo de Convid- 19 venderse como víctima de los poderosos del mundo, resulta lo más fácil del mundo.

Comentarios

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