“¡Que nadie toque nada! ¡Yo solo puedo tocar!”

René Gómez Manzano
Abogado y periodista independiente

 

(www.miscelaneasdecuba.net).-Lo sucedido tras el devastador meteoro que afectó la capital cubana pone de manifiesto la verdadera naturaleza del castrismo. 

LA HABANA, Cuba. – Recuerdo algo que Dale Carnegie escribió sobre la elocuencia (la cita no es textual): “¿Quiere usted aprender de oratoria? Tome a una persona cualquiera (incluso apocada y de bajo nivel cultural), dele un palo en la cabeza, y enciérrela en un lugar donde no pueda responder físicamente a su ataque. Entonces sabrá qué es la elocuencia”.

Estas sabias palabras han acudido a mi mente al ver las floridas frases empleadas por un compatriota exiliado que ha grabado un video en el cual (es verdad que con empleo de malas palabras, como supongo que también haría el apaleado del señor Carnegie) arremete contra quienes tuvieron la idea muy poco afortunada de realizar la politiquera “Marcha de las Antorchas” cuando media Habana acababa de padecer un tornado devastador.

Otros han planteado —en esencia— lo mismo que el exiliado, sólo que en forma más comedida. Descuella entre ellos el colega Henry Constantín, quien, desde Camagüey, con un feliz juego de palabras, describe el desfile de hachones (que más que a Martí, recuerda a Hitler y a Mussolini) como “La mancha de las antorchas”.

En medio de esta trágica situación que sufren decenas de miles de capitalinos, recuerdo también a un cómico destacado: Billy Tocón, del desaparecido programa Pateando la lata. Luego diré por qué. Como se recordará, el personaje se caracterizaba por repetir un bocadillo: “¡Que nadie toque nada! ¡Yo solo puedo tocar!”.

La tragedia colectiva caída sobre la capital ha puesto de manifiesto la endeblez del régimen castrocomunista, que intenta presentarse, ante su pueblo y ante el mundo, como el súmmum de la solidaridad y como “frenéticos defensores de los desamparados” (diría Martí).

Para desgracia de los castristas, los ingratos cubanos parecen discrepar, cosa que exteriorizan —además— de manera virulenta. Es lo que se observa en otro video, en el cual la caravana de lujosos autos en la que viajaba Miguel Díaz-Canel, es cuestionada por cubanos de a pie, en cuyos apóstrofes se destaca una palabra inesperada: “¡Descarado!”. (Sobra decir que el cortejo se alejó velozmente del lugar).

Pese a las infinitas precauciones de los amanuenses que laboran en el siniestro “Departamento Ideológico”, las redes sociales (¡esa manifestación de lo que Ramiro Valdés llamaba “el potro salvaje del internet”!) han difundido ese hostil recibimiento a la comitiva del flamante “presidente de los consejos de Estado y de Ministros”.

También ha habido atropellos de agentes oficiales contra distintos ciudadanos que han pretendido hacer realidad (y no por órdenes de los jefes, sino de manera sincera y espontánea) las palabras que los cotorrones del régimen, en el tono hiperbólico y ridículo que los caracteriza, dedican a eso que llaman “el pueblo más solidario del mundo”.

Aquí hay que mencionar, ante todo, a músicas ilustres: la maestra Zenaida Romeu y las integrantes del prestigioso conjunto musical que ella encabeza. También a otros ciudadanos que, sin tener tanto destaque como el de esa directora y su grupo de fama mundial, trataron de expresar su solidaridad con los damnificados.

Tanto las primeras como los segundos sufrieron en su propio pellejo la arbitrariedad del régimen castrista. Tal parece que este último, parafraseando a Billy Tocón, diría: “¡Que nadie ayude en nada! ¡Yo solo puedo ayudar!”.


No importa que esos intentos de auxiliar a los afectados por el tornado hayan tenido un carácter discreto y silencioso, sin la presencia de esos medios informativos que nunca faltan cuando de ayuda institucional se trata. El régimen de vocación totalitaria parece pensar: “El monopolio de la solidaridad lo tengo yo”.

La prensa oficialista no ha mencionado la arbitraria expulsión que, en virtud de lo decidido por una burócrata inepta, sufrieron en Regla las integrantes de la Camerata Romeu. Tampoco el rechazo al que tuvieron que enfrentarse dueños y empleados de un restaurante particular al intentar repartir alimentos y ropas a los damnificados.

En este último caso, la entrega gratuita de comida despertó las suspicacias de unos señores a los que quizás nunca se les habría ocurrido ceder bienes propios a extraños. Ellos se interesaron por la higiene (o falta de ella) de los alimentos. (Algo —dato curioso— que jamás expresaron ante las ventas de comidas en divisas realizadas por ese mismo comercio a sus usuarios habituales).

Tanta brutalidad y torpeza sólo ponen de manifiesto una cosa: el régimen de La Habana, al igual que cree monopolizar todo el respaldo del pueblo cubano, aspira a que nadie (aunque se trate de personas que no han criticado de manera pública al castrismo ni respaldado agendas políticas alternativas) goce de algún destaque en el apoyo a los infelices afectados por el tornado.

Por supuesto que ese aparato estatal incapaz de regalar algo, cuya supuesta generosidad se limita a cobrar un poco más barato lo que vende, valora la entrega gratuita de bienes y servicios como una especie de “competencia desleal”.

Al mismo tiempo, el régimen ha publicado las formas en que las personas solidarias del mundo pueden hacer llegar su ayuda a los afectados por el inesperado meteoro. Esas distintas vías pueden ser resumidas en una frase sencilla: Háganlo a través del mismo gobierno cubano.

El apoyo solidario (ya sea nacional o proveniente del extranjero) puede ser canalizado, pues, mediante cuentas controladas y operadas por el propio régimen. Esto quiere decir que el mismo sistema que, a lo largo de los años, se ha caracterizado por vender lo regalado y por tolerar los latrocinios de sus paniaguados, se hará responsable de la supuesta llegada de ese auxilio a sus destinatarios finales.

No ha sido explicitada vía alternativa alguna. Caritas y otras organizaciones de carácter religioso o fraternal no han sido recordadas. El régimen tampoco se ha dignado suspender la inicua gabela del diez por ciento que grava las remesas familiares hechas en dólares, ni renunciar a alguno otro de los tributos leoninos que cobra.

¡Y así pretenden presentarse ante la opinión pública como los grandes benefactores del pueblo cubano!

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