Catalina Laza del Río Noriega

Steve Maikel Pardo Valdes

 

(www.miscelaneasdecuba.net).- Natural de Cárdenas Matanzas, Catalina Laza del Río Noriega(foto) fue una de las mujeres más hermosas de su época. Destacándose en los salones de la alta aristocracia habanera y ganadora de los principales concursos de belleza en el año 1902 y 1904. "La maga halagadora", como la nombraron los periódicos de la época.

Contrajo sus primeras nupcias en Tampa, Estados Unidos, con Luis Estévez Abreu, hijo de la patriota Marta Abreu y Luis Estévez Romero, primer vicepresidente de la República de Cuba.

En unas de las tantas festividades de la habana de esos tiempos se conocen ella y el acaudalado hacendado Don Juan Pedro Baró, alla por el año 1905. Él, igualmente casado, queda prendido ante la belleza de Catalina, quien le corresponde en su amor. Desde entonces no dejaron de verse a escondidas. Fue el mayor escándalo de la época, pero tambien una de las historias de amor más hermosas.Una vez que el romance se hizo público y notorio, ella plantó a su esposo -él estaba divorciado- y ambos se refugiaron en París.

El asunto estalló cuando una tía del entonces marido de Catalina, Pedro Estévez Abreu, descubrió el amorío a través de un detective. La pareja tenía alquilada una suite en el hotel Inglaterra. Tengase en cuenta que Estévez era hijo de Marta Abreu, una de las mujeres más influyentes de Cuba y máxima financiadora de la guerra de la Independencia. Su esposo y padre del marido engañado, Luis Estévez, fue el primer vicepresidente de la República. Por su parte, Catalina, nacida en 1875, descendía de familia vasca; Juan, 14 años mayor, venía de una familia catalana enriquecida con el azúcar.

La burguesía y la alta aristocracia cubana los rechaza totalmente, de manera tal que cuentan que un día asistieron juntos a una función de ópera en el teatro Nacional, lujoso e importante coliseo habanero y cuando entraron todos los asistentes se retiraron, quedando solos en el salón y ante el agradecimiento a los artistas que continuaron la función, ella les lanzó al escenario sus pulseras y collares. Pero el amor mutuo fue tan intenso que aunque la ley del divorcio no estaba estipulada en Cuba, Catalina se atrevió a pedirle la separación a su esposo, pero este no aceptó y presionado por su influyente familia la acusa de bigamia, por lo que deben huir del país. Ella deja también a su hijo.

Ante esta situación deciden viajar a París, por rutas diversas para no ser identificados y se reencuentran en Marsella. Posteriormente van a Roma, con el objetivo de entrevistarse con el papa, la única persona con la facultad para deshacer su antiguo matrimonio y rehacer el de la joven y apasionada pareja. Este increiblemente les bendice y absuelve su primer matrimonio. Algunos relatos atribuyen la dispensa a la conmoción que la historia de amor provocó en el Santo Padre. Pero también hay pistas de que la decisión tuvo algo que ver con un generoso gesto de la pareja. Baró disponía en París de un suntuoso piso asomado al Bois de Boulogne, que muchos años después compró Aristóteles Onassis, según Coyula. Allí se instaló la pareja. Su residencia se convirtió en punto de referencia de la vida social parisina. Catalina ofrecía cenas de menú criollo en manteles con bordados de Bruselas donde se brindaba por Cuba en copas de Murano. Ella y Juan Pedro alternaban asimismo por los mejores salones de Europa y Nueva York.

La adoración de Baró por su amante no tenía límites, según las crónicas o cotilleos del momento y la parte de leyenda que se haya colado a través del tiempo. En una ocasión, a Catalina le dolió la cabeza durante la visita a una de las cuatro centrales azucareras que Juan poseía. Lo lógico habría sido que él se la llevara lejos del ruido del ingenio. Pero no. Lo que hizo fue ordenar que detuvieran la máquina, sin importarle la fortuna que la parada del monstruo iba a costarle.

Los amantes del Vedado llegan exitosos a la Habana. Catalina y Juan Pedro se reincorporaron poco a poco a la sociedad habanera. Empezaron con viajes cortos, y en 1926 retornaron. Dos años antes se había empezado a construir, secretamente, la mansión que Baró dedicó a su flamante esposa. De a poco son acogidos nuevamente en la alta sociedad. Para esa fecha, Mario García Menocal presidente de la Republica habia aprobado la Ley de Divorcio en la Isla, registrándose inmediatamente la separación de Catalina con su primer esposo.

Baró, caballero reservado aunque apasionado por su esposa, mandaría a edificar un palacete en la avenida Paseo entre 17 y 19 en el Vedado. Construida con arenas del río Nilo y por los renombrados arquitectos de la época Evelio Govantes y Félix Cabarrocas proyectan la obra con aliento renacentista italiano hacia los muros exteriores; mientras hacia el interior, muestra un claro acento del art-decó. La ejecución corrió a cargo de la constructora estadounidense Purdi and Anderson; mientras la decoración, en los estucos de los salones principales estuvo a cargo de la parisina Casa Dominique. El edificio, hoy llamado Casa de la Amistad, esta dedicado a restaurante y a salón de fiestas gubernamentales que atormentan a vecinos y amantes del lugar, aunque aun hoy está lleno de detalles delicados.

Esta consta de dos enormes jardines, el jardín principal, donde se encontraban unas bellas rosas nombradas Catalina Laza, es una flor de pétalos anchos, bordes puntiagudos, fina textura y color amarillento, logradas de un injerto realizado por floricultores del jardín El Fénix Mas. y el jardín Catalina Laza, los cuales fueron diseñados por el galo Forrestier, uno de los artífices de los cambios operados, en la época, en los Campos Eliseos, fruto del cruce de una variedad húngara con otra cubana: una flor amarilla con tonos rosados que se convertiría en emblema. La casa fue calificada como la mansión más bella de La Habana, quedando inaugurada con lujosa recepción.

Por caprichos del destino la señora de Baró apenas disfrutó la casa pocos años. Enfermó y su esposo la llevó a París, donde falleció en 1930, a los 55 años. Juan Pedro ordenó embalsamarla y la trasladó en barco a La Habana. Luego mandó rodear el féretro de orquídeas y azaleas que se cambiaban cada día. Baró encargó a Lalique el panteón art déco que aún hoy asombra a los visitantes del cementerio de La Habana, en mármol de Carrara. El vidriero utilizó la rosa Catalina como motivo en las grandes puertas de granito negro y los vitrales del lucernario de la cúpula. Durante siete años, hasta su propia muerte, Juan Pedro visitó cada mañana el sepulcro de Catalina. Lo hacía cuando el sol le iluminaba la cara a través de uno de los vitrales con su rosa.Diez años después, fallece Pedro Baró en la Habana. Cuentan, se hizo enterrar de pie para velar el eterno sueño de la mujer que tanto amara. Las tumbas de él y Catalina fueron clausuradas con losas de hormigón fundidas in situ para evitar que alguien las profanase. Actualmente se desconoce la suerte que corrió la hija de la pareja.

Ya los amantes más famosos de la Cuba del siglo XX no reposan en el hermoso mausoleo donde fueron enterrados en la Necrópolis de Colón de La Habana. En su lugar, unas tumbas vacías y unas lápidas rotas son el epílogo de un amor que alimentó los rumores e hizo palidecer de envidia a la alta sociedad cubana. Hace algunos años una reparación ejecutada por la Oficina del Historiador de la capital alimentó la ilusión de devolver al mausoleo su antiguo esplendor, así lo merecía todo el conjunto edilicio. Ahora los restos mortales de Catalina Lasa, de Juan Pedro Baró y su madre descansan provisionalmente hasta que terminen las obras, en el panteón de los Emigrados Cubanos, curiosamente el mismo lugar donde reposa Leonor Pérez, madre de José Martí.

De la casa y el mausoleo faltan detalles que fueron robados. Lo que mejor se conserva y nadie tocó nunca, si no fue para adornarla, es la propia historia de amor: el legendario y glorioso escándalo de Catalina Lasa y Pedro Baró. Puede que aun existan detalles nunca revelados en la historia de esta pareja singularísima, enigmática y radiante que ha dejado una huella indeleble en el imaginario cubano.

Foto del autor.

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