Los que nos dejan

Alejandro Tur Valladares
Jagua Press
Adiós. Foto: commons.wikimedia.org
 
(www.miscelaneasdecuba.net).- Ver un amigo marchar es una experiencia que suele resultar desgarradora, máxime si se tiene en cuenta que las probabilidades de un pronto reencuentro parecen habitar en el mundo del “Nunca Jamás”.

Una sensación, mezcla de vacio e ingenuidad, te recorre el cuerpo en la mañana cuando al despertar confirmas que ya se ha ido. Su presencia objetiva, tangible, se desvaneció sin que te percataras de que se trocó en volátil pensamiento, al que en forma de recuerdo te aferras, como el naufrago al madero del navío deshecho en la tormenta.

El abandono es sinónimo de muerte, y hay relaciones cuyos lazos solo ella puede romper. Entiendo que existen dos formas; la muerte física, cuyo proceso natural lleva al alma a recorrer senderos de luz desconocidos, a romper las cadenas del alma para brindarle al ser la posibilidad de desplegar las alas de sus potencialidades. Es principio no fin, esperanza no desasosiego.

Entendida así la pérdida de un ser querido debería al menos confortarnos. Pero existe una forma de muerte que marchita el corazón de quien la padece y enturbia la esperanza de quien espera.

Esta muerte es el exilio; un exilio impuesto, forzoso, arbitrario. Es la peor muerte que pueda padecer el hombre. Es el desgajamiento de su identidad y con ello la pérdida de sus raíces, de sus metas y anhelos. Es congelar la vida en espera de que llegue una nueva primavera.

Los que nos dejan, los que se marchan a la tierra indulgente del destierro, ya frente a la rivera, arrojan su fe al pantano de la incredulidad y se repiten la pregunta eterna: “¿Por qué Dios mío?

Allá comenzarán otra vida, vendrán nuevas oportunidades. Injertarán su rama personal en el viejo tronco de la nación extranjera, e intentarán andar erguidos. Buscarán convencerse a sí mismos de que siguen vivos, de que tiempos mejores vendrán.

Llevarán consigo todo el tiempo, en algún bolsillo de sus guayaberas, una carta, una flor, una foto, quizás algún poema, el recuerdo de la anciana madre enferma, de un hijo dejado atrás o de alguna hermosa escena.

Los que nos dejan se alejan por voluntad ajena. Por designios de un tirano que cual dios antropomorfo dicta las pautas de esta tierra. No es azahar, ni la búsqueda de sensaciones perdidas lo que les lanza a explorar el mundo incierto de la diáspora. Es la fuerza de la opresión, el susto dramático del calabozo, la mordaza que tapa la boca al que se rebela.

Una cosa es emigrar y otra ser exiliado. En el primero de los casos como las aves, quien parte conoce por instinto su destino, marcha con la temporada, más en su corazón queda la promesa del regreso. Su vuelo es ligero pues le favorecen los vientos de la voluntad. En el segundo caso no se parte, se les aleja, se les cierran las puertas y se le retiran los puentes del camino para que no puedan retornar.

Sin embargo al final es la vida quien decide donde concluiremos el juego, cuales senderos hollarán nuestros pies y si habrá o no reencuentro. Los que nos dejan saben amar y como Job conocen de lo transitorio que son los eventos y de que Dios es justicia y al final se nos revela en el sufrimiento.

Comentarios

El Departamento Ideológico vs. José Daniel Ferrer
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René Gómez Manzano
Abogado y periodista independiente
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CID
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Boletín de Primavera Digital
[29-11-2019]
Primavera Digital
(www.miscelaneasdecuba.net).- Léalo aquí. 
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[20-11-2019]
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