UN CAMALEÓN LLAMADO CHARLIE

Alfredo M. Cepero
(www.miscelaneasdecuba.net).- En el curso de sus 18 años como funcionario electo en el Estado de la Florida, Charlie Crist se ha desplazado a lo largo y ancho del espectro político según las conveniencias del momento.

Una de sus pocas constantes ha sido saber ubicarse en la posición que resultaría en el mayor beneficio para sus intereses y ambiciones políticas. De hecho, estos patrones de conducta parecen haber comenzado antes de su entrada en la arena política cuando Charles Christodoulou pasó a ser conocido como Charlie Crist.

En un obvio esfuerzo por acomodar su nombre a los cánones culturales del denominado “melting pot” americano, Crist—o tal vez sus antecesores—suprimieron las tres últimas sílabas de su apellido griego.
 
Ahora, en un intento por montarse en la ola populista y pro-inmigrante de la prensa izquierdista que lo apoya frente a Marco Rubio, Crist recuerda a su abuelito griego y se golpea el pecho proclamando su condición de nieto de inmigrantes. Sin dudas, una posición encaminada a obtener el apoyo de quienes se oponen a la SB 1070 de Arizona, un recurso desesperado de una ciudadanía harta del crimen y de la ilegalidad. Todo ello, con el fin de suplir la ineficiencia del gobierno federal en la regulación de la avalancha incontenible en que se ha convertido la inmigración ilegal.
 
Aquí, como en el plan de derroche y desestímulo que no ha sido capaz de reducir el desempleo a pesar de su costo astronómico de 787,000 millones, Crist coincide con el Presidente Obama. Y como Obama, parece decidido a apostar su destino político al voto de las minorías negras y latinas así como de los sindicatos. Esto último quedó demostrado cuando se enfrentó a su partido para vetar la SB 6 sobre evaluación y compensación de los maestros en el Estado de la Florida.
 
Otro de sus oportunismos ha sido demostrado por su decisión de abandonar el Partido Republicano y aspirar como independiente al escaño de Senador Federal por el Estado de la Florida frente al republicano Marco Rubio y al demócrata Kendrick Meek. En el curso de una comparecencia reciente en Fox News, Crist le dijo al periodista Chris Wallace que se sentía orgulloso de pertenecer al Partido de Ronald Reagan y que no aspiraría como independiente. Eso fue, desde luego, antes de que su ventaja en las encuestas se esfumara y Marco Rubio lo aventajara por 30 puntos porcentuales.
 
Para ir aún mas lejos, el hombre favorecido por una militancia republicana que le facilitó llegar a ocupar cargos de senador estatal, comisionado de educación, procurador general y gobernador se nos presenta ahora como el arquetipo del político anti-partido. En este sentido ha dicho: “Creo que la gente está preocupada por el futuro y está interesada en personas que se preocupen por el pueblo antes que de la política”.
 
Charlie y sus acólitos justifican su decisión con el argumento de que el partido se ha desplazado demasiado hacia la derecha y de que no hay espacio para los moderados. Una afirmación que queda desvirtuada por la candidatura presidencial de la última campaña presidencia l donde el definitivamente progresista John McCain compartió la candidatura con ese ídolo de los conservadores que es Sarah Palin. Según sus asesores, Charlie Crist no ha cambiado. El que ha cambiado es el partido.
 
Y esto me recuerda una anécdota jocosa de la política cubana con motivo del fatídico golpe de estado del 10 de marzo de 1952. Un activista político camagüeyano que hasta el 9 de marzo había sido un furibundo partidario de Carlos Prío se levantó al día siguiente como un vehemente defensor de Fulgencio Batista. Cuando sus amigos lo increparon por su cambio de militancia, el personaje contesto sin inmutarse: “Yo no he cambiado, el que ha cambiado es el gobierno”.
 
Por otra parte, Crist no ha sido ajeno a la tentación de disfrutar de los privilegios del poder aún al precio de contradecir su retórica de campaña. Un aspirante que acentuó la importancia del control de gastos por el gobierno y que como gobernador confrontaba en julio del 2008 un déficit presupuestario de 2,300 millones de dólares no mostró inhibición alguna en darse a la “dolce vita” con cargo a los contribuyentes floridanos.
 
Con la ostensible justificación de promover el comercio de la Florida con Europa, Crist y su flamante prometida viajaron al viejo continente a un costo para el estado de 430,000 dólares. Este es el Crist que, en su desesperación, no ha tenido pudor alguno en acusar a Marco Rubio de costosos cortes de pelos y de gastos excesivos en las tarjetas de crédito que le fueron suministradas por el Partido Republicano.
 
Dejemos, sin embargo, a un lado las grietas en el carácter y la conducta de Charlie Crist para echar un vistazo a las elecciones que se avecinan el próximo mes de noviembre. En esta etapa temprana de la campaña, los promotores de la candidatura de Crist y muchos de sus aliados en la prensa de izquierda se refieren con euforia a las ventajas de su candidato en las encuestas de intensión de voto. Además, todo parece indicar que estos estrategas de campaña cuentan con lograr una proporción considerable de los independientes así como escamotearle votos tanto a Rubio como a Meek. También es altamente probable que traten de presentar a Crist como un candidato no solo independiente de partidos sino ajeno a estructuras de gobierno para capitalizar la creciente corriente antigubernamental.
 
Ahora bien, son muchos los factores que podrían aguarle la fiesta a Crist y sus partidarios. En primer lugar, nadie puede negar que, de los tres candidatos, Crist es quién lleva más tiempo como figura destacada y conocida en la política del estado y quién, hasta ahora, ha contado con el poder de su cargo para promover su candidatura. Esto explica una preferencia en las encuestas que muy bien podría reducirse considerablemente cuando los otros dos candidatos presenten sus campañas con los recursos económicos de dos partidos establecidos.
 
Tampoco deben confiar Crist y sus asesores en ganar únicamente con el voto de los independientes en un estado donde las estadísticas muestran que el 41 por ciento de los electores se declaran demócratas, el 36 por ciento republicanos y solamente el 20 por ciento independientes. Aun cuando recibiese el cien por ciento de los votos independientes, cosa por demás poco probable, Crist necesitaría que una proporción similar de republicanos y demócratas abandonaran a los candidatos de su partido.
 
Y si se deciden a presentar a Crist como el idealista y el rebelde que romperá lanzas a nombre del pueblo y en contra del gobierno deberán tener mucho cuidado. Con ello estarían abriendo la puerta al escrutinio de un político que ha sido parte del poder en el gobierno del estado durante 18 años. Y en un período tan prolongado son muy pocos los funcionarios que no tienen una que otra teja de vidrio.
 
A todo esto debemos agregar que Crist confronta los retos de crear tanto una nueva estructura de campaña y una nueva base política como de recaudar fondos para una candidatura con probabilidades de éxito considerablemente reducidas. Sus dos adversarios, por otra parte, contarán con las maquinarias engrasadas de dos sólidos partidos políticos. Y, en el caso de Marco Rubio, es muy probable que cuente con un incremento considerable en las contribuciones por parte de mecenas republicanos que no le perdonan a Crist lo que consideran como su oportunismo, sus veleidades y, para muchos, su deleznable traición.
 
En conclusión, los floridanos que deseamos una nación con capacidad para enfrentar retos externos, autosuficiencia energética, austeridad fiscal, prosperidad económica, respeto a la vida y libertad para que cada ciudadano logre el máximo de su potencial sin interferencias gubernamentales tenemos que participar en las elecciones del próximo mes de noviembre. En ellas se determinara nuestro destino y el de nuestra descendencia por muchas generaciones futuras.
 
Por lo tanto, no podemos mandar a Washington a un senador camaleónico que cambie de color de acuerdo con sus conveniencias personales. Tenemos que mandar a un senador que sirva de antídoto a esa enfermedad política de populismo demagógico, gasto desenfrenado y omnipresencia del gobierno que tiene sus focos de poder en la Casa Blanca de Obama y el Congreso de Harry Reid y Nancy Pelosi. Un senador leal a sus principios, a sus promesas de campaña y a sus compromisos de partido. Ese hombre es Marco Rubio.

Comentarios

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